
La Filosofía Perenne
Bajo la justificación de la meditación se encuentran los principios de la Filosofía Perenne, el núcleo común de todas las grandes religiones y filosofías del mundo. Incluso lo encontramos en un estado inicial en religiones anteriores. El filósofo alemán Leibnitz acuñó la expresión y Aldous Huxley en su libro “La Filosofía Perenne” abogó convincentemente en favor de su existencia. Matthew Fox en su obra “Un río, muchos pozos” amplió el campo de correspondencias entre las distintas tradiciones de sabiduría. Bede Griffiths explica esta enseñanza común de la siguiente manera: “Cuando la mente humana alcanza cierto punto de experiencia llega a este mismo entendimiento y esto es lo que constituye la Filosofía Perenne”.
Según expresa la Filosofía Perenne, es fundamental para la validez de la meditación la confianza en que existe una Realidad Última que es, a la vez, universalmente inmanente a la creación y trascendente a ella. La realidad que podemos aprehender con los sentidos está incluida y sostenida por esta Realidad omnipresente. La cualidad esencial de esta Realidad es que no puede alcanzarse o expresarse mediante pensamientos o imágenes, es decir, por medio de la mente racional; es incomprensible e inefable y, sin embargo, podemos ponernos en contacto con ella de forma experiencial. Hay algo en el ser eterno más profundo del ser humano, más allá del ego personal, que es similar o incluso idéntico a esta Realidad Última: es el fundamento de nuestro ser individual, pero también el de los demás y el de toda la creación; es ahí donde todos somos uno. Somos parte de la red de la vida que lo abarca todo. Aunque parezcamos desconectados en la superficie, todos somos pozos conectados a la misma fuente.
Este concepto puede parecer difícil de aceptar; sin embargo, esto no es diferente a la situación a la que se enfrentaron los físicos cuánticos cuando se dieron cuenta de un campo cuántico que subyace y sostiene a toda la materia. Tanto los místicos como los físicos cuánticos han usado la imagen de un campo para describir la realidad con la que entraron en contacto experimentalmente. El Maestro Eckhart dijo ya en el siglo XIV: «El alma es un campo». Ésta es una de las muchas formas en que los descubrimientos de la física cuántica reflejan los relatos de los místicos. Estas similitudes apoyan más todavía la idea de una Filosofía Perenne.
Cuando estamos en el camino espiritual, podemos percatarnos de un nivel diferente de conciencia y reconocer nuestra naturaleza espiritual al experimentarla. Entonces nuestro ser energético comienza a resonar con energía similar a la del Campo Divino y, a través de una disciplina espiritual, nos sintonizaremos cada vez más con ella; así nos volvemos completos, equilibrados y en armonía con la ayuda de la Gracia Divina.
Podemos imaginar la ‘caída’ de la teología cristiana también en este movimiento a lo largo del eje de la conciencia. Como uno de los primeros Padres de la Iglesia, Orígenes, declaró, y luego Evagrio, el Padre del Desierto, y más tarde el Maestro Eckhart, nuestros espíritus son eternos: originalmente éramos uno con lo Divino; éramos pura conciencia intuitiva. Como explicó Orígenes entonces, se tomó la decisión de abandonar este estado puro de ser que constituyó un acto de desobediencia hacia Dios. Por qué fue así nadie realmente lo ha explicado con claridad. Orígenes lo denominó estar ‘saciado’ o ser ‘negligente’. En su teología, la única que no lo hizo fue la conciencia pura de Cristo, que permaneció en unión. Después nos encarnamos, nos dieron un cuerpo y un alma —el asiento de las emociones—, pero conservamos nuestra conciencia intuitiva original, la cumbre del alma, el espíritu.
Quizás ese sea el verdadero significado de ‘pecado original’. Al elegir apartarnos del estado divino y así encarnarnos, asumimos la consecuencia inevitable: caemos desde un nivel superior de conciencia a otro más denso. Sin embargo, esto no es un castigo, sino una oportunidad con limitaciones inherentes: se nos dan las necesidades de supervivencia que necesitamos en este plano material, pero también la opción de no limitarnos al nivel del ‘ego’ material y sus necesidades de supervivencia, sino de recordar en cambio nuestro origen divino a través de una disciplina espiritual.
San Pablo también describió el pecado en estos términos: “Aquellos que viven en el nivel de nuestra naturaleza inferior tienen su perspectiva formada por ella, y eso significa muerte; pero aquellos que viven en el nivel del espíritu tienen la perspectiva espiritual, y eso es vida y paz». ¿No estaría Pablo haciendo una distinción entre diferentes niveles de conciencia? Por naturaleza inferior podría haberse estado refiriendo a los impulsos del ‘ego’. Quizá quiso poner en contraste la atracción del ‘ego’ y el ‘verdadero yo’.
Kim Nataraja
(Adaptado de Bailando con tu Sombra “Dancing with your Shadow”)
Traducido por WCCM España